equinoXio

Domingo, mañana de sol como hace rato no la veíamos. "¡Vámonos a caminar!", le digo a D. En una hora estamos recorriendo un sendero al lado del mar. A lo lejos vemos una pequeña casa con un faro suspendida en el agua. "Ahí vive una pareja de artistas, de vez en cuando organizan talleres", dice D. El taller está en el segundo piso, me imagino la sensación de trabajar y ver que el límite es el infinito, aunque con el viento no debe ser nada fácil mantener caliente la casa: es tan fuerte que nosotros estamos a punto de protagonizar nuestra propia versión de Lo que el viento se llevó. Nos dejamos impulsar, a veces sentimos que casi levitamos y nos sentamos en la arena cerca de la casa.

 "Es la fiesta de los cuatro elementos", dice D. "Es equinoXio", le comento yo. ¿Cómo no celebrarlo después de meses de cielo gris, de estar prácticamente forzados a hibernar en nuestras casas, con pocas posibilidades de salir a disfrutar de las noches? Es el tiempo de renovación, de cambio de piel, de hábitos, de tejido. Cerramos los ojos y nos entregamos a la fiesta de los elementos. Dejamos que el viento se lleve nuestra piel de invierno, que el mar nos recuerde que somos dos gotas más, que el sol nos regale luz y calor, que la arena nos sirva de mesa de iniciación. La mirada se pierde enfocando la delicada línea que separa el mar del cielo y nuestros ojos terminan por cerrarse.

Un par de horas más tarde somos seres nuevos. D me cuenta la nueva rutina que ha encontrado para los días que vienen; me hace pensar en las actividades placenteras que se avecinan. Como terracear, por ejemplo. En holandés el plural de terraza es terrassen, que coincide con el infinitivo de un verbo que no existe pero que bien podría significar el acto de salir a pasear por la ciudad para encontrar una terraza para pasar la tarde.  Hasta que le pregunté a H que si íbamos a terracear en la tarde, ella me dijo que qué era ese verbo, que en holandés no existía… "Increíble, pensé que era una actividad bastante frecuente de la primavera y el verano".  Llegué incluso a creer que era tal el amor de los holandeses por las terrazas que hasta le tenían verbo. Ahora lo utilizamos por diversión antes de salir a terracear.

Nos devolvimos abrazados en silencio por el sendero: nuestro rito de iniciación de la primavera, de celebración de equinoXio, había terminado.

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