El ébola y la soledad de Cervantes

En menos de quince minutos se dará a conocer el premio Nobel de Literatura, ese gran y digno heredero del legado de Cervantes según la Academia Sueca. Yo pienso mientras tanto en la soledad de Cervantes, ese español que observó con deleite y también padeció los bienes y males de su tiempo y su cultura. Su ojo crítico para desnudar a hidalgos españoles como José María Aznar, quien salió a reclamar en su gobierno que el G-8 debería de empezar a ampliarse al G-9 para darle cabida a la potente España, todo esto mientras su país recibía enormes ayudas de la Unión Europea. Es fácil cuando a uno lo transporta de alfombra roja a alfombra roja un Audi o un BMW último modelo sentirse parte del Primer Mundo y olvidarse de la prima de riesgo, por ejemplo. Pienso en la soledad de Cervantes porque los líderes de su país siguen sin leer su más reconocida novela. O la leyeron pero siguen sin comprenderla, que es lo mismo.

El último caso es el del manejo del ébola por el ministerio de Sanidad español. A sus elegantes hidalgos, la ministra de Sanidad, Ana Mato, la primera, se les infló el pecho de orgullo por el procedimiento que utilizaron para repatriar a los dos misioneros contagiados por ébola en Liberia y Sierra Leona. Tanto que cual Aznar pidiendo pista en el G-8 se ofrecieron como expertos al mundo civilizado. El titular lo dice todo: “Sanidad ofrece su colaboración y experiencia a la UE para elaborar los protocolos de repatriación de afectados por el virus Ébola”.

Ahora que gracias a estos protocolos de Sanidad se ha dado el primer contagio de Ébola en la historia de la humanidad fuera de África, venimos a enterarnos de todos sus fallos en la práctica. Personal de enfermería que apenas recibió 30 minutos de entrenamiento en cómo vestirse y manejarse apropiadamente en estos casos, cuando solo el procedimiento de quitarse el traje toma 40 minutos. De hecho se cree que fue en este momento en el cual la enfermera Teresa Romero se contagió con el virus. Una vez infectada llamó varias veces a comunicar sus síntomas y su médica de familia le dijo que apenas tenía gripa y le dio el consabido paracetamol. Esta médica también está ahora aislada en el hospital Carlos III.

Al desconcierto en Sanidad se suman las medidas desesperadas, como el sacrificio del pobre perro Excalibur, a pesar de llamados de expertos para pedir que no lo mataran. Tienen toda la razón los vecinos de la enfermera de estar alarmados, pues como todo el mundo sabe, el primer saludo que se dan los perros es olerle el culo al otro: ¿con cuántos otros perros se saludó Excalibur durante los días en que su dueña tuvo el virus en casa? ¿Les transmitió el ébola? ¿Estaba verdaderamente contaminado? Gracias a la eficiencia de Sanidad no lo sabremos tampoco, pues su sacrificio fue en vano: no se harán muestras para saber si estaba infectado, dejando con la duda a todos los dueños de mascotas del barrio sobre si sus animales también están contagiados o no. Tendrán que esperar 21 días… Aunque visto lo visto, mejor que no haya una muestra de ébola rondando por los laboratorios de España. Habrá que darle la razón al veterinario José Manuel Sánchez Vizcaíno.

Pero quizás Cervantes no está tan solo. A personas como él se suman la misma Teresa Romero, los misioneros contaminados, el médico Juan Manuel Parra que atendió de manera directa a Teresa y decidió aislarse preventivamente por sentido común y no por los protocolos de Mato, en fin, la gente que realmente mueve y le da vida al país. Los hidalgos españoles siguen en el poder y, como ya lo sabía Cervantes, solo nos sirven en realidad para desangrar a sus compatriotas (con tarjetas Gold, redes Gürtel, contabilidades B) y escribirles sátiras.

La broma (a la colombiana)

A. estaba indignadísima por la discriminación que sufrió la oncóloga colombiana condenada a 10 años de cárcel por envenenar a su colega-amante:

–Esto es indignante. Por un chiste pendejo sobre arreglar problemas a la colombiana no se puede condenar más a una persona, en especial cuando ha ayudado a tantas mujeres en la lucha contra el cáncer.

–Además que hoy en día eso de arreglar problemas a la colombiana tiene muchas variantes –comenté–. En ese sentido su mejor defensa es que el hombre sigue vivo. En España, cuando dices a la colombiana significa que primero le disparas a la persona y luego le preguntas que quién es.

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Antídoto

Siempre he pensado que el cuento La verdad sobre Sancho Panza, de Kafka, es la mejor definición de literatura que conozco. Pero esta belleza de Antonio Muñoz Molina se le acerca bastante:

Tal vez la literatura, que se basa no en la creencia, sino en la suspensión transitoria de la incredulidad, nació como un antídoto contra las abrumadoras ficciones colectivas, como un recordatorio de la conciencia solitaria y del mundo real que esas ficciones usurpan.

Vergüenza nacional (y el origen de los utopistas)

Anoche conocí a una joven mexicana que me hizo una pregunta totalmente inesperada: “¿Alguna vez te has sentido avergonzado de ser colombiano?”. Le respondí espontáneamente que jamás y le pregunté que si a ella le había pasado, cosa que me sorprendería en gente tan nacionalista como la mexicana. Me respondió que sí, que sin querer sonar como una feminista extrema, el machismo la hacía avergonzarse de su país. “Ese machismo responsable de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez y de las vendettas entre bandas de narcotraficantes en todo el país".

Le comenté que había varias cosas en Colombia de las cuales me avergonzaba, pero de ahí a renegar de ser colombiano mediaba una gran distancia. “Si tú conocieras a quien llaman en mi país El gran colombiano estarías más que avergonzada”. Ella muy seria continuó: “Lo nuestro no es de una persona. Es un problema tan arraigado en nuestra cultura que no puedo señalarlo como algo puntual sino como algo propio de la identidad mexicana”.

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Líneas editoriales

¿Cómo se traza una línea editorial? Pocos de los autollamados editores hoy en día podrían responder esta pregunta. Recuerdo que antes del estreno de Los abrazos rotos en Madrid, le comenté a mi amiga M. que el suplemento dominical de El País estaba plagiando la línea editorial de Vanity Fair. M. me vio con cara de incrédula y le pareció que yo estaba exagerando. Pues para nuestra sorpresa, en Los abrazos rotos un personaje dijo lo mismo y citó la historia del hijo con síndrome de Down abandonado por Arthur Miller. El reportaje apareció primero publicado en la edición de septiembre de 2007 en Vanity Fair y luego El País Semanal hizo un refrito sin mencionar el artículo original. Y así con muchos otros artículos de Vanity Fair.

Esta práctica obviamente no se limita a El País (Semanal). Una de las críticas fuertes a la revista Semana cuando expulsó a Hernando Gómez Buendía por autoplagio fue que Semana fusila impunemente los cables de las grandes agencias de prensa y sin darles ningún crédito. ¿Con qué autoridad sancionan a Gómez Buendía por citarse a sí mismo?

Luego se dio una situación muy cómica: por decisión del editor o el director para responder a esta crítica, se les ordenó a los redactores que le pidieran a un experto nacional su opinión sobre la nota internacional. Bueno, no exactamente sobre la nota en sí, sino sobre el tema que mencionaba la nota: muchas veces el experto local sostenía la opinión contraria a la nota y esto quedaba reflejado en el artículo. Como el redactor no era un experto en el tema, no le quedaba más remedio que publicar ambas opiniones así fueran contradictorias. Desde hace unos años he observado que se han decantado más por orientarse por el tema del cable y avalar la opinión del experto local. Otra forma de hacer periodismo.

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Hang

La primera vez que escuché el Hang fue en Bruselas en 2002-2003, bajando por el Monte de las Artes. Eran siete músicos callejeros, cada uno interpretando un hang. De lejos me pareció que era el sonido de una kalimba africana, al acercarme vino la sorpresa de ese nuevo instrumento del siglo XXI en forma de platillo volador. Compré un CD y tuve la oportunidad de charlar con los músicos, que me contaron que era originario de Suiza.

Después volví a escucharlo en el Vondelpark en Amsterdam, de nuevo por músicos jóvenes callejeros. En concierto lo escuché por primera vez con el Portico Quartet en el Bimhuis, cuando presentaron el que todavía es mi album preferido de ellos:

O mi favorita de su último álbum, que tuve la oportunidad de escuchar en vivo el año pasado en el Stegi en Atenas:

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Faction Sketches

Desde que llegué de Andalucía ando con una alergia extraña que hoy me ha impedido ir a trabajar. Es un buen momento para permitirme uno que otro divertimento. Por ejemplo –y continuando mis estudios sobre el faction—me puse al día con la historia de María Victoria Álvarez Martín (que está como diría el Toni de Sofía Vergara) y Jordi Pujol Ferrusola. Le atribuyo de entrada a la alergia esta serie de digresiones:

1.

Conocí en Barcelona el silencio.

Dejo esa frase sola porque me parece que salió como un verso bonito. En realidad más que conocer, me reencontré en Barcelona con el silencio.

Mayo de 2001. Contexto: una amiga fotógrafa me contó que una amiga y colega suya se iba para Estonia a hacer una serie sobre los paisajes de infancia y juventud de Arvo Pärt. Dejaba en arriendo su apartamento-estudio por un año, que si me interesaba. Le respondí que tanto su amiga como la casa-estudio. Nos conocimos y hoy somos buenos amigos. Arrendé su casa, sin saber el verdadero motivo de su viaje: la alcaldía empezaba la construcción de la vía hacia IJburg, la ciudad del futuro como la llamó Discovery Channel, y esto implicaba asentar pilotes todos los días, durante casi un año, frente a su edificio.

El sitio era maravilloso. Estaba ubicado en la cuadra siguiente a la Estación Central. Cuando en mi trabajo di mi nueva dirección, la secretaria que conocía casi todos los códigos postales de Holanda, me dijo: “¿1011 AB? Más central no puedes estar”. El 1011 AA le pertenece a toda la manzana de la Estación Central. Subimos al estudio y nos asomamos a la terraza que da hacia la ciudad: me ilusioné como un niño cuando empecé a ver los trenes entrar y salir de la Estación. Tengo una serie de fotos perdida donde simulo el efecto óptico de estar tomándolos con la mano. Luego caminamos al balcón principal, donde tenía una vista perfecta sobre el IJ y podía ver a los grandes cruceros llegar al puerto de la ciudad. Había encontrado el sitio perfecto, pensé, lástima que solo sea por un año.

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