Neblina

Esta mañana se accidentaron 150 autos en Zeeland, un choque masivo a causa de la niebla. Recordé a Philip Glass. Una pregunta que me visita con frecuencia es cómo se compone la música. En un concierto en el norte del país, en Groningen, Philip Glass contó que su proceso creativo se parecía mucho al camino en auto desde Amsterdam hasta Groningen: hay una tupida niebla al principio que luego se va abriendo para que aparezca la melodía. Según esta visión, el accidente de hoy fue puro Heavy Metal o una obra de Stockhausen.

Curiosamente llevo dos noches seguidas soñando con canciones que nunca había escuchado. Anteayer caí en cuenta, en pleno sueño, de que era una canción nueva y traté de concentrarme para recordarla en la mañana. No lo logré. Anoche soñé que Benny Moré cantaba un son de composición mía, una canción original que nunca le había escuchado antes. Por esas bromas del inconsciente, tampoco la recordé, solo la emoción de haber escuchado a Benny Moré en vivo.

Recordé entonces al Joe Arroyo. Él no sabía leer música. Cuando la melodía le llegaba, él la iba cantando y le decía a sus músicos qué deberían tocar. Si ya es alucinante que grandes músicos no leían o leen música, lo es más aún un compositor que tampoco lo sabe hacer y aún así logra hacer realidad sus composiciones. Pienso que la respuesta que mi inconsciente me sugiere es que la música nace así, en un momento de inspiración como una semilla.

Disfrutemos del Benny:

Y de una de esas delicias compuestas a oído del Joe:

Reciclaje

Conocí hace algunos años a una pareja de médicos pensionados que pasaban sus días en un apartamento forrado de libros. Ellos y los cactus eran la pasión de él. De ella, el piano. Tenía un Bösendorfer 170 y todos los días interpretaba a Bach. Le aprendí una frase que también es uno de mis mottos: Geen dag zonder Bach. Ni un día sin Bach. Conocía muy bien El clave bien temperado, y más de una vez interpretó alguna variación Goldberg para complacerme. Un día le llevé la grabación de las Variaciones de Andras Schiff. Al poco tiempo me dijo que le había quitado el primer lugar en sus preferencias a Rosalyn Tureck, que era su modelo de interpretación hasta entonces.

Él falleció de un infarto hace 3 años. Cuando fui a visitarla a ella para ofrecerle mis condolencias, me enteré de que no vivían en esa casa, sino en otra dos casas más allá en el mismo conjunto. Ella me dijo que timbrara en el número 808, no en el 802. “Pasábamos las tardes allá porque a él le gustaba estar rodeado por sus libros y sus cactus; yo no quería vivir en una biblioteca y optamos por tener dos casas, por las noches regresábamos a esta”. Me llevó a la 802 a preguntarme si de pronto había algún libro que me interesara guardar.

La gran mayoría era de medicina. Ella los estaba guardando en cajas. Le pregunté qué iba a hacer con ellos: “Reciclarlos. Se los ofrecí a varias bibliotecas universitarias y me dijeron que eran muy antiguos y no les interesaban, que quizás podrían interesarle a la Biblioteca Real para documentar la historia de la medicina. De allá revisaron el catálogo y me dijeron que los tenían todos. Quise llevarlos a la librería de segunda mano y me dijeron que no podían recibirlos, ni siquiera gratis. Ahora no queda más remedio que venderlos para reciclarlos. Me darán diez euros por cada caja. 1.800 euros en total que donaré a la iglesia. Luego arreglaré y alquilaré la casa”. Mejor suerte corrió su colección de cactus, que encontró refugio en un jardín botánico.

Entendí que ella quería que guardara un recuerdo de él a través de uno de sus queridos libros. Escogí Het Martyrium, la primera novela de Elías Canetti; toda la situación recordaba en algo a Peter Kien. Con un toque ambientalista del siglo XXI, esta biblioteca no terminaba incinerada sino reciclada. Como recién leí que le sucedió a la biblioteca de Julio Mario Santo Domingo Braga, no reciclada sino donada a Harvard.

Miro mi biblioteca y me pregunto qué destino tendrá cuando yo ya no esté. Por supuesto jamás lo sabré, solo deseo que encuentre otros ojos que la disfruten y que no termine en el camión de reciclaje.

Pasemos a algo mucho más amable:

Duende. Orígenes del minotauro, 2.

Regresé a la cabaña con los últimos rayos del atardecer. No llevaba conmigo el kit para andar en bicicleta de noche y esto me inquietaba un poco, a pesar de que no había mucho tráfico. Fue una motivación extra para apurar el paso. Salté de inmediato a la ducha, luego descansé en la cama un rato. Empezó a emocionarme la idea de ir al toque flamenco más tarde.

Programé el navegador y me fui camino a Roquetas de Mar, al tablao flamenco La Soleá. Ese nombre que lo hermana con el parkway de La Soledad tan querido y ese canto compuesto por Hugo Gonzáles e inmortalizado por Maelo:

Y que un momento inesperado de la vida
yo de nuevo experimenté
Mari Belén, la soledad.

Ese bien tan escaso en la sociedad hiperconectada de hoy en día. Me gusta viajar solo y acompañado por Andalucía. Cuando le pregunté a un gitano por qué la soleá se experimentaba como un desgarro, me dijo que la soleá venía de una cantaora que se llamaba Soledad y así se expresaba, no por falta de compañía, “porque la Soleá siempre tocaba mu’bié acompañá, los mejores guitarristas la acompañaron toa su vida”.

No había mucha gente en el tablao, probablemente el partido de la Supercopa se había llevado a los clientes, pero como diría un amigo, quedábamos la línea dura, firme, de los amantes del flamenco.

(Sigue)

Adán busca a Eva

Leí los apartes del Manual gringo para entender a Colombia. En general es atinado. Yo aún recaigo en la mala costumbre de interrumpir a las personas cuando hablan, quizás por esto me parecen más ricos los chats o los emilios, porque no interrumpo a la persona que escribe. Sí eché en falta que no se mencionara el valor cultural de la corbata, ese objeto mágico que convierte al mono en doctor instantáneamente. Tengo disfraz de doctor, que yo llamo disfraz de payaso porque me hace reír por el efecto que crea en ciertas personas. Sé por ejemplo que es indispensable utilizarlo cuando voy a la embajada de Holanda en Bogotá, donde las secretarias colombianas por trabajar para un país europeo se sienten de sangre azul. Si le agrego un llavero de Mercedes Benz que casualmente dejo al lado de la ventanilla mientras hago mi consulta, el efecto es demoledor con estas funcionarias. Al salir de la Embajada el efecto de la risa me dura al menos media hora.

Curiosamente el truco del llavero lo aprendí en Nederlandia. Mi amigo A. era socio del club de tennis del Amstelpark y luego de un partido me invitó al pequeño spa que tenía el club. Le dije que no había traído vestido de baño y A. se rio: “Fresco que no lo va a necesitar”. Hasta ese momento no sabía que a los spas en Holanda se va desnudo. En minutos me encontré en medio de una especie de oasis naturista. No solo estaba feliz de ver tantas mujeres desnudas sino sobre todo de la tranquilidad con la que caminaban.

En ese ambiente de relajación entré en la piscina y al poco tiempo empecé a charlar de manera casual con una joven que no conocía. Me parecía un encuentro surrealista, como una recreación en el siglo XX del pasaje bíblico de Adán y Eva. Dos completos desconocidos que no tienen ninguna pista sobre el mundo del otro, salvo qué tanto cuidan sus cuerpos. Curiosamente este año apareció un reality en Holanda (y que ya está siendo exportado masivamente) llamado Adán busca a Eva, donde solteros tienen una cita a ciegas en una isla paradisiaca completamente desnudos. Un buen efecto.

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Un boquerón en el camino

Crecí jugando en las vacaciones de mitad de año bajo el sol caldense en la finca de mis abuelos. Me acostumbré a bañarme con agua fría hasta dos veces al día y una en la noche, después de pasar toda la tarde disfrutando en la laguna. Llegué a convertirme en un local más al que los zancudos ya no picaban. El calor siempre lo he asociado con relajación y divertimento. Hasta que llegué a Andalucía: el sol aquí es otra cosa. En un país tropical estamos acostumbrados al atardecer a las seis de la tarde. El sol andaluz dura hasta las nueve o diez de la noche, su intensidad empieza a disminuir a las seis o siete, que es cuando más me gusta salir a pasear.

En una misión investigativa por La Mancha pronto aprendí que trabajar bajo el sol estival es imposible. Con mi compañera de investigación holandesa llegamos convencidos de que íbamos a trabajar de corrido y aprovechar la noche libre. A las siete de la tarde estábamos tostados. Tuvimos que aprender a hacer siesta de dos a cuatro y organizar de otra manera las tareas. Sigo ahora ese patrón cada vez que llego a Andalucía por esta época.

Igual, a veces es imposible escapar a las trampas del cerebro. Me pareció que si me protegía bien podría hacer el camino en bicicleta desde la Playa de la Galera hasta la playa naturista de la Cala Chicré a disfrutar de un baño de sol completo. Cena en un chiringuito y a ver la final de la Supercopa, a ver entre otras cómo le iría a James.

Ramón me llevó hasta la Galera en su camioneta. Me preguntó que si no prefería que me llevara a Jerez de la Frontera para empezar la Vuelta a España. Le respondí que Nairo y Urán ya eran mucha competencia para mí, que fijo me alcanzaban en San José partiendo de Jerez sin problema. El camino en bicicleta a lo largo del Mediterráneo es precioso. La tentación más grande es descender y pasar la tarde en alguna cala. Me salva ser amante del viento y disfrutarlo en mi cara mientras pedaleo.

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A un piquito de la paz

Un amigo me dijo una vez que “los verdaderos triunfadores en la vida son los que pueden conservar la sonrisa aún en medio de la adversidad”. No sé si estaba plagiando a El Cata, Frankl, Coelho o el Dalai Lama. Sea de quien sea es una bella reflexión. Quizás por este motivo quedé enamorado de la sonrisa de Ángela Giraldo, esa misma sonrisa que originó un nuevo episodio de desdén público de María Fda. Cabal. Una sonrisa natural, efusiva, radiante si se quiere, de una mujer que atravesó el infierno del secuestro del hermano y luego el duelo por su asesinato. Una sobreviviente con carácter.

Cabal tiene una relación extraña con la muerte. Nos iba arruinando el duelo por García Márquez, ahora pone en entredicho la condición de una víctima sólo por sonreír. Da la impresión de que tiene una visión rígida del mundo dominada por sus expectativas y por la certeza de que siempre tiene la razón, de que no se equivoca. No le importa el dolor de los familiares de García Márquez o de Giraldo, no cree que les debe algún respeto porque no se han comportado como ella cree que deberían. Por raro que suene, hay gente que ama así: la pareja debe comportarse según ciertos criterios o su amor estará en duda.

En esta utopía de construir una Colombia en paz o por lo menos sin conflicto armado nos encontramos con el choque de dos imaginarios antagónicos: las expectativas de Cabal (simbolizando la ultraderecha) y las de las Farc. Cada cual tiene su visión del mundo y sin duda es la correcta. ¿De dónde nos viene esta incapacidad para ceder aunque sea un poco? ¿Quién ha cultivado esa noción de que el mundo se debe ajustar a nuestras expectativas?

Lo repito, estoy enamorado de la sonrisa de Ángela Giraldo, de esa capacidad de decir cerremos ya este capítulo, asumamos responsabilidades y procuremos una vida en paz. Esa es la reflexión que nos regala su sonrisa. Pero la situación es que estamos a un estrechón de manos (por no decir un piquito) entre María Cabal e Iván Márquez para hacerla realidad.