Enigmas

1.

Después de que se aprende a hacer el pesto en casa es imposible volver a comprarlo enlatado en un supermercado. La excepción es el que compro en una trattoria cerca de casa donde lo preparan exquisito. Me divierte jugar a tratar de desencriptar la receta del chef. Lo que más me llama la atención de su receta es que siempre sabe igual. Después de volverme cliente fiel en algunos restaurantes puedo detectar si cambian el chef. Noto esto sobre todo en los de comida colombiana. Hay una cadena de restaurantes italianos que me gusta mucho y nunca la misma pasta o pizza saben igual. Incluso varía el sabor según el día. Seguramente la trattoria sigue la receta al pie de la letra, siempre con los mismos ingredientes.

Me he aferrado a una receta particular, pero la práctica imposibilidad de comprar la misma albahaca o queso parmesano hacen que –contrario a la trattoria– el pesto que preparo siempre sabe diferente. A veces, muy a veces, creo que he logrado desencriptar la receta de la trattoria; sé que la clave final está en los ingredientes. Me pregunto sobre la logística de las grandes multinacionales de alimentos para lograr que sus productos conserven siempre el mismo sabor.

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De la serie Lost in translation presentamos Mártires

1.

En clase, a principios del bachillerato, oí preguntas de mis compañeros tales como:

—Si la reencarnación existe, ¿de dónde vienen tantas almas? Si la población en el siglo XX es de seis mil millones y en el XIX era de mil millones, ¿de dónde aparecieron esas cinco mil millones de almas, dónde estaban escondidas?

—Si según el Génesis Dios creó el mundo en 7 días, pero en la época de las escrituras se desconocía que la Tierra era redonda o siquiera que América existía, ¿cuánto tiempo le está tomando la creación del universo a ese ritmo?

—Si un astronauta se muere en el espacio, ¿desciende al cielo?

—Si todo se originó en el Big Bang, ¿qué había antes? ¿no había prerrequisitos para hacer posible esa gran explosión?

Es simpático ver también a los budistas buscando la reencarnación de un lama en los Estados Unidos, pues las leyes de la reencarnación no contemplan la distancia física para que esta se dé.

Todo muy misterioso. En una de sus citas célebres, Rodolfo Llinás dice que:

Dios es un invento del hombre. Y como todos los inventos humanos, se parece a él. Dios tiene dos razones de ser: a los inteligentes les sirve para gobernar a los demás y a los menos inteligentes para pedirle favores. A todos, para explicar lo que no entendemos de la naturaleza. Es una lógica de un primitivismo nauseo.

Y de lo más nauseabundo son los crímenes cometidos en nombre de este dios o dioses.

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Ustedes no son Charlie (o el derecho a ofender)

“Nos vomitamos sobre todas esas personas que de súbito son ahora nuestros amigos”. Una de tantas respuestas provocativas que dio Bernard Holtrop (uno de los dibujantes fundadores de Charlie Hebdo) en una entrevista con De Volkskrant. A mí también me indigestó ver a Netanyahu marchar contra el terrorismo; un acierto del Elíseo convocar a Abu Mazen para resaltar que la marcha era por la unidad, por los valores occidentales, contra el terrorismo y contra la intolerancia. Los líderes mundiales se cuidaron mucho de no llevar pancartas diciendo Je suis Charlie. Desde este punto de vista, el vómito de Bernard Holtrop es inmerecido (como tantas veces ha sucedido con el semanario).

En un editorial, Jyllands-Posten expresó que su decisión de no imprimir viñetas de Charlie Hebdo obedecía a la responsabilidad que debe a sus empleados y colaboradores:

Hemos vivido con el miedo de un ataque terrorista durante nueve años. Sí, esta es la explicación de por qué no publicaremos las viñetas, bien sean las nuestras o las de Charlie Hebdo. […] Somos conscientes de que nos inclinamos ante la violencia y la intimidación.

Un editorial sensato y responsable, solamente una persona intransigente leería cobardía en su declaración.

He pensado mucho en cómo Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, nos ayuda a comprender lo que sucedió con Charlie Hebdo. La compañera de Charb señaló varias veces que él sabía que iba a morir pero no podía parar, no podía inclinarse ante el terrorismo, como lo ha hecho Jyllands-Posten. Desde esta perspectiva, Estados Unidos también se habría arrodillado ante el terrorismo al no enviar a una figura prominente (Obama o Kerry) a la marcha del domingo. Sus disculpas fueron más que aceptadas: la presencia de alguno de ellos habría exigido tales medidas de seguridad que era mejor no importunar a las autoridades francesas. O en buen colombiano: no daremos papaya. Kerry visitará París este jueves.

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Abatido (pero tampoco soy Charlie)

Los sucesos en París me han dejado abatido. El asesinato de los dibujantes de Charlie Hebdo, del policía francés musulmán indefenso en la calle, la agente que patrullaba el tráfico, dejan una huella de indignación profunda, duelen. Pero tampoco celebré que dieran de baja a los asesinos. Sentí pesar por ver a tres jóvenes totalmente perdidos en la vida, sin otro camino que el islamismo radical y sin respeto alguno por quienes no comparten sus creencias.

¿Hasta dónde llegarán ahora las consecuencias de los actos de estos tres jóvenes perdidos (y sus jefes)? Este es el momento preciso para que los islamófobos se pronuncien y nos recuerden que “el fin está cerca”. Como Ayaan Hirsi Ali diciendo que es hora de responder al islam, pues tanta moderación y conciliación han sido atendidas con Kalashnikovs en el corazón de París. O los fundamentalistas de la libertad de expresión, que abogan por el legítimo derecho a decir lo que se quiera sin temor alguno.

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Versatilidad, 2

Escribo en una mañana de esta estación innecesaria, acompañado por el más que bienvenido sol, una gran alegría. La primera película del año en el filmclub fue The Invisible Woman. La representación de Charles Dickens por parte de Ralph Fiennes prefigura la que hará después de Monsieur Gustave en The Grand Budapest Hotel. El humor parece no ser lo de Fiennes, salvo apuntes puntillosos como caballero inglés en Skyfall. Kristin Scott Thomas también actúa en La mujer invisible, en un papel no muy exigente para sus capacidades y que hace casi en modo automático.

Kristin viene diciendo que dejará de actuar en el cine porque siempre le están ofreciendo los mismos papeles, que prefiere dedicarse al teatro. Quizás Fiennes trate de escapar de esta condena representando papeles que rompan el estereotipo que se tiene de él, ni idea. Es en todo caso un ejemplo más de esa tensión tan delicada entre el talento, don o habilidad para representar ciertos papeles y la versatilidad que se espera de un actor. La misma Kristin trata de explorar otro registro en Only God Forgives y no deja de ser un pequeño (y cruento) divertimento en su carrera. Probablemente no volverá a representar otro papel con este registro, para fortuna de sus aficionados que disfrutamos mucho de su reciente actuación en My Old Lady.

Los actores que han trabajado con Woody Allen coinciden en señalar como una de sus virtudes la libertad que les deja para construir su personaje, si bien los guiones están plagados de pistas. Diría que para un actor la mejor forma de leer un guion de Allen es en clave de El escarabajo de oro de Poe. No creo equivocarme, por ejemplo, si opino que Allen esperaba que Penélope Cruz le daría una María Elena elegante y sofisticada como Cate Blanchett en Blue Jasmine, combinada con su dimensión artística como pintora en Vicky Cristina Barcelona. Las pistas en este sentido son muchas. La mejor de todas, cuando Bardem dice que María Elena hubiera podido ser una concertista de piano y que nadie interpreta a Scarlatti como ella. Por fortuna no tuvimos que ver a la María Elena de Penélope interpretando a Scarlatti. Un cambio apropiado en el guión habría sido: "Nadie toca a Stockhausen como María Elena".

La comunicación entre Allen y Penélope fue mucho mejor en To Rome with Love, donde Penélope le da destellos de su soberbia actuación en Non ti muovere a Anna, similar a lo que hizo Sally Hawkings en Blue Jasmine al regalarle rasgos de su Rita O'Grady de Made in Dagenham. ¿Es posible que Fiennes en realidad lo que busca sea representar a Woody en una película de Allen? Lo habría hecho muy bien en Scoop, por ejemplo. Pero lo dejo en paz: quizás después de todo no soy más que un nostálgico de su conde Laszlo de Almásy.

Disfrutemos de una de las sonatas más bellas de Scarlatti imaginando que quien toca no es Marta Argerich sino la María Elena de Woody:

 

 

Saber conducir un Ferrari

Vivía en Bogotá. Mi vecina T., de Barranquilla, me invitó una noche a ir a cine y luego a bailar: “Tu novia se fue y te quedaste muy solito, qué pecado”, me dijo. Es bien sabido, en Colombia no hay mejor afrodisiaco que tener novia.

Fuimos con T. a ver Titanic. Pidió una bolsa gigante de crispetas y les echó bastante sal. Si hay una app para saber cuándo ir al baño en una peli, debería también existir una app para decir cuándo agitar la bolsa de crispetas para no molestar a las demás personas en la sala. T. la sacudía en los momentos de más suspenso, quizás era un tic nervioso. La mejor parte fue cuando empezó a comentarme la película al oído, como se hace en el Caribe; yo trataba de responderle, a sabiendas de que en algún momento alguien nos iba a lanzar una crispeta para que nos calláramos. Cuando van a matar a Di Caprio, T. exclamó: “¡Lo va a matar!”, a lo que el vecino de silla le replicó: “¿Tú de verdad crees que lo va a matar?”. “¡Pero claro!”, le respondió ella y luego me susurró, en tono de burla, “¿qué tal la pregunta de este? No ha entendido nada de la película”. Hay que saber disfrutar las diferencias culturales para reírse por lado y lado: doble diversión.

Después fuimos a bailar. Sonó un merengue y T. propuso que asaltáramos la pista: le tomó tres segundos decirme que mejor me sentara y que ella bailaría para mí. Algunas personas pueden pensar que el comportamiento de T. fue arrogante. Para mí fue comprensible: ella era un Ferrari y sabía conducirse con un solo dedo en el timón. Yo bailo como bogotano: en bicicleta por una calle llena de huecos. Ella esperaba que yo supiera conducir un Ferrari, comprendí su decepción y humildemente disfruté de ver cómo bailaba de bien.

Cuando leí el titular de Unai Emery, entrenador del Sevilla, tuve que sonreírme: “Luis Enrique sabe conducir un Ferrari”. Solo quienes hemos estado sentados en un Ferrari comprendemos la agudeza y sensatez de su observación. Pero me temo que Luis Enrique, como yo, tampoco sabe conducir un Ferrari. Su sistema de rotaciones me recuerda la vez que presioné todos los botones de un Mercedes-Benz para descifrar cómo podía abrir la puerta del tanque de gasolina (para luego descubrir que se abre afuera manualmente); en el afán por hacer impredecible al Barça, ha terminado por formar un Frankenstein en cada partido que solamente él entiende. Esto, en un juego colectivo, no es un resultado plausible.

Duele ver a este Barça tan perdido: un Ferrari dando tumbos por la falta de pericia del conductor. Lástima que a diferencia de T., los jugadores no puedan decirle: “Siéntate acá y míranos jugar”. ¿Cómo no envidiarle ese excelente piloto que es Carlo Ancelotti al Madrid? Está sentado en un Hummer, pero lo hace parecer un Ferrari; ¿cómo sería conduciendo the Real Thing?

Artesanía del faction

Era un reportaje emocionante y conmovedor. David Trueba se dio a la tarea de entretejer la película que contenía la historia del profesor Carrión, la mezcló con la de dos jóvenes que se encuentra en el camino, en la escuela de la vida en pleno franquismo, donde el profesor Carrión también tiene mucho para enseñar. El resultado final es una road movie maravillosa.

Vivir es fácil con los ojos cerrados no tiene efectos especiales pero sí un gran cuidado en la recreación de la Almería de los sesenta. Trueba también sugiere que fueron los campos de fresas almerienses los que cumplieron el papel de la magdalena que llevaron a Lennon al jardín de Strawberry Field, una de las sedes del Ejército de Salvación cerca de la casa donde vivió de niño, y la base de la famosa canción de los Beatles.

Lo que eché de menos fueron las referencias explícitas al profesor Juan Carrión, hasta su Cartagena fue remplazada por Alcobendas. La película termina con una nota casi críptica: “Después del paso de John Lennon por Almería en 1966, los álbumes de The Beatles incluyeron la letra impresa de las canciones”, sin hacer explícito el nombre del héroe anónimo que motivó ese logro. Ni idea de cómo será el asunto de los derechos de autor en este caso, pero una referencia al profesor Carrión o al periodista de El País, Juan Antonio Aunión, no sobraban.

Es una de las desventajas del faction, el problema con los derechos de autor. Dentro de todos esos pleitos célebres recordé el de Fio Maravilha y Jorge Ben Jor. El primero, jugador del Flamengo, anotó un gol de antología que inspiró al segundo a componer un clásico de la música brasilera. Luego se enfrascaron en una larga disputa jurídica por utilizar el mote del jugador como título de la canción. La respuesta de Jorge Ben fue cambiar el título de la canción a Filho Maravilha. Solo hasta 2007 hicieron las paces y Fio Maravilha autorizó a Jorge Ben a volver a utilizar su nombre como título de la canción. Quizás previendo un calco de esta historia, David Trueba omitió el nombre de Carrión. En todo caso es una película de coleccionista y de las mejores de 2014.

Cantemos: Fio Maravilha, nós gostamos de você.